Me llamo Manel. Tengo 31 años. Nací y vivo en Barcelona. Y esta es mi historia:

Desde pequeño, el deporte siempre ha formado parte de mi vida. Empecé jugando en el equipo de fútbol sala del colegio, pero rápidamente me di cuenta de que no era lo mío. Cambié al baloncesto y acerté. Jamás llegué a pensar que viviría tantas cosas con este deporte.

Fui un buen estudiante y deportista (al menos, eso era lo que me decían). Tuve una infancia y adolescencia relativamente tranquila. No obstante, siempre tuve la sensación de que había algo que no funcionaba.

Cuando tenía 6 años, empecé a experimentar mis primeros episodios de ansiedad (aunque, en aquel entonces, no los identificaba como tal). Recuerdo, por ejemplo, que tenía la necesidad imperiosa de pisar unas determinadas baldosas o tocar determinados objetos (paredes, farolas, etc.) antes de llegar a la escuela o a mi casa, entre otras cosas. Si no lo hacía, pensaba que ocurriría alguna desgracia. Paralelamente, empezaba a notar una presión en el pecho que dificultaba mi respiración, tenía sudores fríos, taquicardias…

Entrevista en el programa «Hora Punta» de La 1. Audiencia 1.800.000 personas.

Entre muchos mensajes, recuerdo la llamada de un hombre de unos 60 años. Me dijo: «cuando te vi, supe que me pasaba lo mismo». Ese señor había estado sufriendo en silencio (como miles y miles de personas) durante toda su vida sin ser consciente de que tenía ese problema de salud mental. En mi caso, transcurrieron 14 años desde que empecé a manifestar la primera sintomatología hasta el diagnóstico. En otros, como el de ese señor, es toda una vida. Solo por esa llamada, valió la pena participar.

Cuando hacía la acción correspondiente (pisar baldosas, tocar objetos, etc.), esa ansiedad desaparecía. No entendía por qué tenía esos pensamientos intrusivos ni por qué mi cuerpo reaccionaba de ese modo. Lo que sí sé es que lo pasaba extremadamente mal. Como era algo que no tenía sentido, tenía mucha vergüenza de explicarlo a mi familia, amigos y profesores. Por este motivo, opté por el silencio. Albergaba la esperanza de que ese sufrimiento acabaría desapareciendo más pronto que tarde.

Estaba muy equivocado.

A medida que iban pasando los años, esa angustia empezaba a estar más presente en todas las esferas de mi vida. Podía estar sonriendo de cara a la galería, pero después llegaba deprimido a casa. Cuando mis padres me preguntaban qué ocurría, no sabía qué responderles. No podía verbalizar lo absurdo, aunque aquello estuviera torturándome sin descanso.

En bachillerato, la ansiedad empezó a incapacitarme. A pesar de ello, obtenía buenas calificaciones, jugaba en una liga exigente de baloncesto, empezaba a tener mis primeras relaciones, participaba en todas las actividades escolares (revista, fiestas de fin de curso, etc.), tenía un amplio círculo social, etc.

Pero si las cosas iban bien, ¿Por qué seguía llorando día sí día también? ¿Por qué me aislaba sin motivo aparente? ¿Por qué me deprimía tan a menudo? En definitiva, ¿Por qué sufría tanto?

Reportatge
Reportaje en el diario Ara.cat

«Si estudiaba y me resistía al TOC, la obsesión se hacía insoportable y, al final, terminaba cediendo: me paraba, decía la fórmula y deshacía todo lo que había hecho hasta el momento. Y todo volvía a empezar»

A finales de octubre de 2010, encontré la respuesta a todas esas preguntas. Fui a una psiquiatra y le expliqué con detalle algunos episodios que me habían ocurrido desde la infancia. Me dijo: «Tienes un trastorno obsesivo-compulsivo. Lo padeces en un nivel muy alto, pero tiene tratamiento».

Salí llorando de la consulta. Sin embargo, en esta ocasión, las razones fueron muy distintas. Por un lado, aquellas lágrimas significaban ‘liberación’. Por fin, después de estar 14 años encerrado en esa cárcel mental, alguien me había dicho que tomara consciencia de que todo aquello sí tenía una explicación. Por otro lado, representaban ‘rabia’ y mucha ‘impotencia’ por todo lo que viví. Me asaltaron muchas preguntas que empezaban por “¿Qué hubiera ocurrido si (…)?”

A partir de ese momento, tenía dos opciones: la primera era capitular; y, la segunda, luchar con el fin de recuperar mi libertad. Opté por la segunda. Iba a rebelarme contra esa tiranía. Ya no quería ser esclavo de esos pensamientos intrusivos.

Los primeros tratamientos (psicológico y farmacológico) no dieron los resultados esperados. Desesperanzado, quise poner fin a tanto sufrimiento. Cuando alguien está desesperado es capaz de hacer cualquier cosa.

Aparición en el programa «Planta Baixa» de TV3 (4/2/20).

Han transcurrido más de 10 años desde que empecé con este activismo. Algunos me han preguntado si me arrepiento de haber hablado públicamente sobre mi problema. Mi respuesta siempre ha sido la misma: no, no me arrepiento. Volvería a hacer exactamente lo mismo porque este activismo es fruto de una convicción y estoy dispuesto a asumir los costes.

Uno de los muchos doctores que visité durante los primeros meses me aconsejó que me tomara «un descanso» en los estudios. Cuando le dije que estaba haciendo tercero de Derecho en aquel entonces, él no podía dar crédito. Me dijo: «¿Cómo puede ser que estés cursando tercero de carrera con este nivel tan alto de pensamiento obsesivo? Hay personas con tu nivel que tienen la incapacidad declarada». Le contesté que el Derecho era el único aliciente que me hacía seguir en pie y que no me tomaría ningún descanso. Aquello, para mí, era innegociable».

Tras unos meses de ajustes y reajustes con los tratamientos, conocí a mis dos “ángeles de bata blanca”. Me salvaron la vida. Junto con el apoyo de mis padres y amistades más cercanas, inicié el proceso de recuperación. A mí me gusta llamarlo “transición hacia la libertad”.

Durante los primeros años, participé en muchas terapias grupales para conocer las experiencias de otras personas que también tienen este problema de salud mental. Compartí momentos muy emotivos con mis «compañeros/as de batalla». Siento una profunda admiración y respeto hacia todos ellos.

Puedo aseguraros de que esta «transición» ha sido extremadamente complicada y, a día de hoy, aun en unas circunstancias muy distintas de las de hace una década, sigo con ella. Sin embargo, ahora puedo vivir y soñar.


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